El Post Camarón

Impoluto seis meses, así tenía este rincón. No por falta de tiempo, ni por falta de contenido. Todo lo que me pasa por la mente creo que es impublicable, hasta que llega el momento en que te cambia el parecer. Perdí frescura, ya me lo comentaron, pero mantengo el descaro. Una putada, porque podía haber sido al contrario. La vida.

Estos días se han conmemorado los treinta años de la partida de Camarón de la Isla y se han llenado las redes de publicaciones sobre el genio gaditano, algunos más acertados que otros, lo de siempre. El mismo día también falleció Paco Toronjo, Tomás Pavón o “El Arenero” pero la memoria es selectiva.

La estela y la sombra de Camarón es extensa… y su forma cantaora continúa floreciendo en los jóvenes, en la generación que lo conocen a través de vivencias de otros con José, pocas anécdotas deben de quedar sobre él que no se conozcan. Los camaroneros como Montse Cortés, Remedios Amaya, El Cigala o Duquende que si compartieron etapa con él empapan en las nuevas hornadas. A veces me pregunto si el cante actual es Post Camarón o Post Duquende. Si van a la raíz o a las ramas. Si antes de imitar, piensan. Si tienen la capacidad de razonar, de decidir.

Me asaltan estas dudas porque a menudo escucho que copian al Camarón de la última etapa: el exceso, el soniquete, lo canastero, el vestir. Toda la estética. El Post Leyenda.

Intento ubicarme en esta marea reflexionando sobre otras vertientes que son factores influyentes. La industria, la oferta y la demanda. El negocio. La supervivencia. Ya lo dije el año pasado, el público aplaude todo lo que le dan y el artista crea su zona de confort. La personalidad no vende. Lo vuelvo a escribir. La personalidad no vende. Vende que adoptes otra personalidad, no la tuya. Vende lo ajeno.

flamencolica post camaron

Un ejemplo muy recurrente: la esperanza que se tenía en Israel Fernández. Hoy en día los titulares sobre él van desde joven promesa a revolucionario del cante. Se ha convertido en un producto de la industria, que, anulada su personalidad, triunfa en cualquier espacio o evento que va más allá de ofrecer una calidad musical, lo que hace es colocarte en una posición social. Israel, es un portento, de eso no hay duda. Tiene talento, afición, compás, velocidad, inquietud, transmisión, personalidad. Altas capacidades y habilidades musicales. Pero eso por sí solo no vende. Esa es la pena. Es tristísimo.

Además de todo lo que él puede aportar –que es mucho-, necesitaba un sello que conectara con el público, no con la afición, para dar el salto. Camarón de la Isla. Estética setentera en el vestir. Quinqui. Grito pelao. Hombro hacia atrás sentado en la silla. Desde el pelo hasta el coche. Excentricidad. Analfabetismo. Timidez. Rareza. Un cliché. Un cóctel, que unido a sus facultades lo posicionen en el escalafón cultural, musical y social. Ahí está. Poco importa quién lo escuche, porque ni huelen el flamenco. Pero es portada en medios de tirada nacional y publicaciones en las redes sociales de la alta sociedad –casposa a veces- de nuestro país.

Todos quieren ser Israel Fernández, como hace 10 años todos querían ser Miguel Poveda. Y se les escapó… se quedaron viendo el polvo que levantaba al despegar. La diferencia entre uno y otro es que el salto generacional que existe entre ambos diseñó una fórmula distinta de éxito. Ahora se lucha más contra lo efímero, eso hace que no puedas dormirte.

Como consecuencia, se crea una segunda línea de artistas que luchan contra viento y marea para querer ser, para llegar. ¿A dónde? Al reconocimiento de la clase privilegiada. Ciegos con el sueño de ser el post, del post, del post. La imitación de la imitación. La marca blanca. Olvidándose de su talento propio, porque no parece suficiente, y están ensombrecidos por complejos y frustraciones que disimulan y silencian. Esta es la consecuencia de los genios, los post artistas. El daño colateral. Lo que nos perdemos.

Vivimos dentro de un bucle que busca el borreguismo, donde la personalidad no se valora ni les interesa. Hay que formar parte del sistema, del patrón. El maldito canon que nos invalida.

Y yo perdí la frescura, es cierto. A veces se gana, otras se pierde.

En estos tiempos, con no perder el rumbo me conformo.

Tengan feliz verano.

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