La conciencia del cante

Regreso del verano con la mochila cargada de flamenco, ya estaba bien; recorriendo el sur de este a oeste, he vuelto con el peso a las espaldas de un cante con destellos de luz y también alguna sombra.

Sin duda, lo mejor ha sido el reencuentro con la afición, con los amigos, con el denominador común. He vuelvo a sitios que conocía y también he viajado a espacios nuevos para saborear otra forma de mirar y de sentir el arte. He escuchado en directo a artistas que tenía pendientes, que me han entusiasmado, que me han decepcionado; que me han soplado, unas veces aire fresco, otras olor a rancio.

Mi verano flamenco ha estado abarrotado de contrastes, de colores, de sensibilidades y debilidades. Me he enamorado más de 14 veces, algunos días más de una vez.

El sabor que me ha dejado este trasiego es agridulce, he asistido a pocos recitales donde la conciencia esté presente en el cante, imagino que los artistas ahora mismo quieren trabajar y trabajar, llenar y cobrar. Estar ahí, en el cartel, con eso, basta. Perdón, no basta. El aplauso es importante. El éxito de esa noche. El compadreo. Eso también importa. Llegan a su meta con un repertorio efectista, facilón, repetitivo. El contenido del espectáculo es simple, el mensaje es inexistente. Hay cantaores que mantienen el mismo repertorio durante más de un lustro. Escucharlos es como viajar en la máquina del tiempo, quizá escuchaste lo mismo cuatro años atrás, los mismos cantes, con las mismas letras, con el mismo remate e incluso el mismo gesto. Quizá fuese en ese escenario, o en otro a quinientos kilómetros de donde estás, pero parece que respiras aquel recital del pasado.
Da igual, eso no importa. El artista ha llenado el aforo, se ha empachado de aplausos porque la afición está seca de cante y mañana leerá el triunfo de su espectáculo con la cuenta corriente engordada. Y el bucle se repite, cada noche en un lugar distinto está el viaje en la máquina del tiempo.

Estoy escribiendo a grandes rasgos, mi dedo no está señalando a nadie en concreto, son muchos y son buenos; tienen grandes facultades pero no arriesgan, porque van a tiro hecho. La ecuación funciona. No existe un riesgo real, una inquietud, una auto exigencia. La otra parte, el público, tampoco reclama, pican las miguitas de pan como palomas en las plazas. Una y otra vez. Igual es que la Pfizer o la Moderna tienen efectos sobre esto, ¡válgame!

Sí, os estoy llamando tontos. Así, con todas las letras. Así, sin maldad. De compadreo. A los artistas los estoy llamando listos, que no inteligentes. Así, sin despeinarme la melena. Así, mientras os echo el brazo por encima. Así, de guasa. De ponte para la foto.

La no inteligencia se nota por ejemplo en el planteamiento de los recitales, el artista se esmera en los festivales mediáticos. Ojo, mediático no es sinónimo de importante. Pero cambian algo su repertorio, su puesta escena; imagino que porque la importancia para ellos va medida en el caché y en la repercusión. Sin embargo el público cambia según el perfil de festival, y en los mediáticos el porcentaje de aficionados es menor, así como la exigencia y el conocimiento de los mismos.

Pongo un ejemplo claro: el Cante de las Minas no es el Festival de Mairena del Alcor, ni el Festival de Flamenco On Fire de Pamplona es el Festival de Puente Genil. Sin embargo, encontrarás menos pomposidad en los Alcores y en La Puente y mayor nivel en la afición. En los mediáticos hay más fans, curiosos o turistas. Esto es algo que a los artistas, por norma, se les escapa. O quizá no, hay quién busca la fama, el halago y la foto de donde venga.

Y por último la gran herramienta de trabajo de estos tiempos: las redes sociales. La madeja internauta ha bajado a las catacumbas a la crítica flamenca. Ahora los críticos son quienes comentan publicaciones por redes sociales, y evidentemente, comentan de forma positiva:

«Ole lo puro. Eres un fenómeno. No hay nadie como tú. Gloria a tu cante. Te como las entrañas.»

Vamos, palmeros por doquier. Crítica desaparecida.

Así los artistas se relajan y no sienten presión. Porque mañana van a publicar un vídeo del recital y van a contabilizar un puñado de visualizaciones, corazoncitos y baños de piropos. También van a publicar un vídeo conduciendo en el coche con unas bulerías del Torta y las reacciones van a ser las mismas. Después van a publicar otro vídeo en la piscina comiéndose una paella en familia y ya, pa qué más.

La lacra es la misma para los concursos flamencos, quién va a inscribirse en un concurso cuando con un vídeo en redes sociales te están encumbrando y te estás creyendo que no es necesario medirse delante de un jurado (más o menos experto) y competir por un premio para conseguir repercusión. No es necesario.

Por lo tanto las redes sociales tienen un papel muy importante en el desarrollo de las carreras artísticas, aunque a veces sea un recurso mal utilizado y gestionado.

En definitiva, el planteamiento actual de los proyectos artísticos están vacíos de contenido, de conciencia por hacer un flamenco cabal, de asumir un riesgo en cualquier sentido, de buscar nuevos caminos que no te separen del flamenco, sino que amplíen el mapa y aporten un sello o dejen una huella. Estamos viviendo una etapa en la que no existen referentes vivos. La época Camarón y Morente llegará a su fin y no sabremos para donde tirar porque el primero que se ha perdido en la ruta ha sido el cante. Quizá volvamos a Chacón y a Torre y repitamos el bucle del siglo pasado. Hay quien dice que la historia flamenca se tiene que renovar, que actualizar, que traducir, que nosequé cuento.

O quizá nos espera una etapa en la que el cante no duerma tranquilo, ni descanse en un camerino, ni dure cincuenta segundos en una pantalla. Que se entierren los complejos. Un tiempo en el que el cante se coja para hacerlo grande, para transitar almas y despertar el sentir. Ese sentir distinto que siempre ha sostenido el hacer un cante con conciencia. Una compromiso real. Una verdad digna de defender y de celebrar.

Otro día os cuento las veces que me enamoré este verano.

Adiós septiembre.
Feliz otoño.

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