Mairena del Alcor: respirar y escuchar

Se hace difícil escribir de esto, quién lo diría; pero hace un par de meses decidí hacer la maleta y montarme en el coche destino Mairena del Alcor a uno de los festivales de flamenco más legendarios que existen. No voy hacer una crítica ni una crónica del concurso ni de la gala final, no, porque yo no fui a eso.

Fui a respirar, a quitarme esa espina con el Maestro de los Alcores, que como digo siempre llenó mi casa de vida cuando estaba muerta. Fui a agradecer, como una peregrina que siente la necesidad de llegar a un lugar que le abocó esperanza cuando no podía asimilar que la vida te muerde.

 

Cuando hablo de Antonio Mairena siempre lo hago así, desde dentro y como cantaor; en una mano el legado de cante que nos ha dejado y en la otra el respeto que hay que mostrarle. Ni doctrinas, ni dogmas, ni razones incorpóreas; ese tipo de afición no me gusta y casi ni la considero afición, ensucia más un nombre que lo engrandece. Creo que hay que depurar o eliminar ciertas premisas que no dejan avanzar a las personas al mismo ritmo que lo hace una cultura musical. A veces pienso que estamos a tiempo de muchas cosas, de concienciarnos de este arte y apreciar el tesoro musical, ese patrimonio de origen andaluz que recorre el mundo sin barreras pero a veces se mancha de hermetismo sin fundamento. Tengo la esperanza aposada en el compromiso.

Y con esa esperanza me adentré en la tierra sevillana. Me encontré lo que tantas veces había visto en imágenes o me habían contado. Mi lugar perfecto para respirar: calles empedradas, puertas de madera maciza, balcones con rejas, amarillo albero, blanco Andalucía, ocre tierra; acento al hablar, protocolo al vestir, cada rincón tenía un detalle que llamaba mi atención. Sus gentes, su afición, esa manera de escuchar que tienen por allí. Horas y horas en silencio, sin moverse, sin hablar. Personas que valoran y respetan.

Los descansos precisos para escuchar a los demás; y aunque me hice más de cuatrocientos kilómetros sola, no estuve sola. Allí me esperaban grandes amigos y buena compañía. Un Faustino Núñez al que le brillan los ojos, súper Antonio Barberán que lo quiero con el alma, el saber estar de Ramón Soler, su admirado y entrañable tío, el maestro Calixto Sánchez que no hay palabras, las atenciones del presidente de la Casa del Arte Manuel Jiménez, guapa por dentro y por fuera es Sara Arguijo, el otro Manuel… Curao, qué gustazo escucharlo siempre, Pedro Madroñal amigo, aficionado y loco de atar, mi valiente compañero Blas Martínez y mi amigo Juan Ramírez que me hizo disfrutar en familia.

Estaba feliz, arropada, en mi casa; solo quería empaparme de todos, escuchar y respirar, a eso era a lo que había ido hasta allí; sin más. Quizá pocos lo entiendan, da igual, era una necesidad.

Después de dos días de intentar aprender todo lo que pasaba por delante de mí, de quedarme con las palabras del silencio, con la mirada de las personas, con los gestos de la afición, con la respiración de los artistas que pasaron por allí en esta edición tenía que volver a cerrar la maleta y regresar.

Pero antes de mi retorno tenía que pasar, no de forma obligatoria sino, voluntaria por el campo santo. Improvisando se quedó para el final el universo de la emoción. Llegué sola, crucé el camino y entré sin saber ni donde estaba ni lo que me podía encontrar… y allí estaba Don Antonio Cruz García, en su silla de bronce sentado con su llave en la mano sobre cuatro maestros que también escribieron su nombre en la historia del flamenco.

No podía ni parpadear, me acerqué despacio y fui guardando dentro de mi detalle a detalle. Al rodear el mausoleo vi que la trampilla estaba abierta y se podía acceder bajando unas escaleras a la tumba donde descansa. Bajé y ya no pude respirar, me senté en el último escalón como una niña a llorar, lloré hasta que me quedó una lágrima y dejó el aire de entrecortarse en mi garganta; hasta que el nudo que llevaba hecho durante años se rompió. Lloré de emoción, de alivio, de sentimiento. Puedo llorar todavía si lo recuerdo, me ahoga ese momento único de verme allí entre tanto muerto llena de vida.

Pasé mis dedos por cada letra dorada de su nicho, una a una; solo me separaba de él un muro de granito; no podía parar de pensarlo. Acaricié la de su hermano Manuel, leyendo verso a verso las letras flamencas que simulan una plegaria. Se paró allí el reloj de quienes tantas veces lo han hecho funcionar.

Cuando salí de ese túnel del tiempo me apoyé en Manuel Torre para coger aliento, levanté la vista para verlo por última vez… y balbuceé para dentro:

Aquel que se va,
va diciendo en el silencio,
qué grande es la libertad.

Y me fui, agradeciendo a la vida el haber sido libre para escoger ser flamenca. O quizá fue el flamenco quien me eligió a mi.

Gracias, Mairena del Alcor.
Gracias, Don Antonio.

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7 comentarios sobre “Mairena del Alcor: respirar y escuchar

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  1. Maravilloso escrito rocio, se palpa la emoción en lo que escribes y eso es buenísimo como en el cante cuando con solo la forma de sentarse o la mirada antes de romper a cantar ya predices las hechuras que saldrán del aquel o aquella… se palpa como en tu maravilloso escrito. Ahora eso si te a faltado darle un poco de estopa a los cantaores que por alli pasaron los dos dias jejejejejejej. Un abrazo desde linares!!!

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