En mis trece

A Paco Canela, por su gran afición.

Hace unas semanas, hablando con los colegas virtuales sobre los aficionados al flamenco que se suben al carro fuera de compás me quejaba de la falta de honestidad y de humildad de muchos de ellos. Pensé en contarlo, por qué no; tengo la creencia de que todo pasa por algo, nada pasa porque sí. Cada vez que me preguntan por qué soy flamenca siempre digo que nací en una casa flamenca, por suerte o desgracia, que en realidad fueron las dos; lo normal es que creas que es una suerte pero la verdad es que me hice flamenca por una desgracia y solo quien me conoce lo sabe.

Cuando tenía trece años recién cumplidos mi padre llevaba su camión cargado de huesos de aceituna dirección Mollina, decidió parar a comer en casa porque le pillaba de paso; pero nunca comimos. Antes de comer bajó al campo a revisar los goteros de los olivos y un cosquilleo en el brazo empezó a devorarlo… detalles a parte, tras tres paradas en una ambulancia llegó al hospital con el doble de morfina que su cuerpo podría soportar y sin esperanza de vivir, solo le pinchaban para que no sintiera dolor al irse. Es duro decir esto, pero es así. Yo seguía teniendo trece años, no crecí de repente para asimilarlo. Él tampoco lo asimiló.

Pasó de ver a su familia dos días a la semana -con suerte- a vernos cada día. Yo pensaba que después de un mes y medio en el hospital todo lo peor ya estaba pasado, pero no, lo peor es ver como tu padre ha envejecido 10 años de repente, como no tiene fuerza para caminar, como se le pierde la mirada en la chimenea horas y días, como lee el Quijote una y otra vez, como se acostumbra poco a poco a tomarse 5 pastillas al día, como no sabe qué hacer, ni a dónde ir, ni qué decir. Se me helaba la sangre un día y otro, lloré intentando entender lo que nadie te explica. Mi padre no sabía vivir fuera de la cabina de su camión, no sabía planearse un día en casa porque cuando trabajaba llegaba los viernes de madrugada y salíamos a recibirlo como locos, pasábamos los sábados en casa y por la noche nos llevaba a echarse unos cantes con la familia; los domingos arroz y al camión. Solo teníamos tiempo de disfrutar. Pero eso se había ido.

Seguía teniendo trece años y un aparato para los dientes que me hacía hablar raro; pero podía pensar en silencio en lo positivo de esta nueva situación que iba a ser ahora mi rutina. Pensé que soy la hija pequeña, por lo que iba a tener a mi padre cerca más tiempo que mis otros hermanos, y eso había que aprovecharlo.

Flamenco. Esa era una gran baza, yo había bailateao de pequeña, venía de una familia flamenca, conocía palos, artistas, el gremio. Comencé a preguntarle a mi padre cómo conoció a Camarón, cuantas veces vio a Caracol en su casa cantando, donde vivía “El Perrate”, en qué año Mairena se tomó un café en mi pueblo… y el brillo volvía a sus ojos, me detallaba el tiempo que hacía aquel día, que ropa llevaba, reproducía hasta los acentos de las conversaciones… ahí empezó todo. Poco a poco empecé a ver como mi padre se preocupaba por lo que yo escuchaba, por lo que veía, por lo que leía, por los gustos que se estaban forjando en mí; por cómo intuía las formas del cante, cómo interiorizaba la música. Aprendió a vivir de la otra manera que le quedaba, en código flamenco. El experimento tuvo una parte inicial muy positiva, porque todo eso repercutía en otras cosas y eslabón a eslabón iba poco a poco encaminando nuestra nueva rutina.
La siguiente Semana Santa fue la confirmación de mi alternativa como aficionada. Mi hermano decidió hacer penitencia descalzo bajo la imagen a la que mi padre le tenía devoción, mi padre llevaba sin cantar en público muchos años, y ese año se subió a un balcón para cantarle a mi hermano:

“Descalzo tras de ti,
va mi hijo Padre Mío,
la penitencia es por mí,
perdóname Nazareno Mío,
si con este cante te ofendí…” 

No recuerdo la letra exacta, pero entendí que era la forma que tenía de agradecer lo que estábamos viviendo en mi casa. No me eché atrás, todo lo contrario. Decidí seguir y aquí estoy. Mi padre poco a poco me dejó sola en el camino, no me acompaña casi nunca a ver recitales, compra el periódico para leerme, no me deja ir a Cádiz porque dice que no volvería nunca. Se preocupa por mi futuro, me calma mi fuerte carácter, me habla y me canta sin levantar la voz y despacio; yo escucho aunque luego, como él me dice, hago lo que me viene en gana. Teme que me quede sola cuando él no esté. Se ríe cuando vemos juntos los reportajes de toros y yo le digo que la única forma de dejar de acurrucarme a él sería engañando a un campero con finca, pasearía a caballo cada día por mis dominios y tendría hijos criados en libertad, le inculcaría la honestidad, la humildad, la prudencia; quizá me diera por cantar o bailar en los atardeceres o al lado de la chimenea. Se ríe con todo esto porque me conoce. Tenemos un idioma particular para comunicarnos, una mirada, tenemos al flamenco y tenemos millones de motivos por las que no abandonar este arte que nos late.

A veces me pregunto qué fue lo que me devolvió a mi padre de aquel mar de morfina y cables.

Esta es la verdad de la “La Hija del Espín”, la que es tan fácil verla reír como llorar, la que habla mucho pero se calla lo más importante. Quizá ahora sea obvio entender porque mi antiguo blog llevaba este nombre, no podía tener otro padre, ni otro sino, no podía ser más flamenca ni sentir más melancolía de aquella infancia feliz que la vida me robó con trece años; maduré de repente y aprendí a valorar las cosas, los momentos que vivo y quien me rodea. Todo es magia, pero el truco no dura para siempre.

Hay que acariciarle el lomo a la vida aunque en ocasiones nos muerda.

Para lo bueno o para lo malo, una soleá con el eco más bonito que jamás haya escuchado.

Gracias a los que me dan razones por las que escribir: a mi familia, a mis gitanos, a mis amigos, a mis colegas virtuales aficionados, a los no virtuales, a los que forman parte de mi camino. Nos vemos pronto.

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14 comentarios sobre “En mis trece

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  1. No sé qué decirte Rocío…..tengo los vellos como escarpias, con eso te lo digo todo. Mil gracias por dedicarme esta entrada tan cargada de recuerdos para tí. Ole y mil veces ole guapa. Un besazo flamenca.

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  2. Siempre que escribes abierta en canal, sacas tu mejor prosa. Eres más sincera que un tercio de taranta a punto de descomponerse. Qué bien explicado el nombre de tu blog, ¡cuánto sentido!; ahora encaja todo. Y qué bello discurso de amor hacia tu padre. Hazle caso. No vengas nunca a Cádiz. Tu padre es sabio. Si vienes, volverás, pero con intenciones de vuelta a lo meridional: con una llamada atlántica que, indefectiblemente, anidará en ti. Y él lo sabe. De modo que, a menos que el cosquilleo alado haga presencia en tus tripas, no vengas. Imagínatela. Quiérela desde la distancia. Desde aquí, ya te queremos unos cuantos. Un beso y gracias.

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  3. Escribir abierta en canal, como tu dices da mucho vértigo… pero quería que la gente entendiera porque no entiendo el flamenco sin mi casa, sin mi padre. Todo tiene sentido, aunque parezca que estoy medio loca disimulo mi cordura. Algún día iré a Cái, me tienes que enseñar los atardeceres tardíos de allí primo, no creo que sienta las mariposas desde tan lejos… no quiero hablar ni sentir amor de esos, y mucho menos en la distancia. Yo también sé lo que es quererte desde aquí, gracias Javier por lo que siempre me ofreces, ese pellizco que me empuja a la verdad. Besos mil.

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  4. He leido lo que ya sabía, es una constante a la que necesitas volver por que en ella esta tu fuente, tu sustrato. No pueden crecer nuestras ramas sin estar nuestras raices bien aferradas a la tierra. No temas desnudarte, el sol es mas placentero cuando baña todo nuestro cuerpo, y al menos así los demás, te verán mas morena.

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  5. Antonio, que alegría leerte, no puedo despegarme de eso… cuando me enfado por temas flamencos recuerdo una y otra vez lo que hoy he contado, he llegado hasta donde estoy, que no es mucho, pero lo he hecho y necesito para vivir ese motor. Es una alegría leeros, como siempre, en cualquier lugar pero sobre todo hoy porque era a “vosotros” a los que más se lo quería contar. Es tan díficil a veces esto… un abrazo pa toa tu Córdoba! nos vemos pronto. Gracias de verdad!

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  6. Gracias Antonio, que suerte encontrarte por aquí buceando. Me alegra que me leas y que sigas ahí, sigo mirando al mundo con desafío, como aprendí. Se intuye si me conoces un poco, y si me has visto como tu, desde dentro hacia fuera. Un abrazo pirata.

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  7. Menudo texto Rocío, me ha emocionado imaginar tus palabras como en una película, de la que me alegra ser espectador virtual. Sólo me queda darte la enhorabuena por ti, por tu padre, por tu condición flamenca y, como no, por ese talento que tienes para saber contar las cosas.

    Que jamás desfallezca tu afición, hay que ser más fuerte que las cuatro columnas de la Alameda.
    Un abrazo, a compás aunque sea del “paraito” que se hace en Córdoba.

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  8. Miguel Ángel, mil gracias. Qué alegría teneros a todos hoy en mi blog, aunque falta alguno, me encanta celebrar la vida con vosotros como sabemos, con flamenco. Teniendo colegas virtuales como vosotros esto sigue… Y espero que nos “desvirtualicemos” algún día y que me deis historias para contar. Gracias por pasarte por aquí y leerme, un abrazo paraíto.

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  9. despues de leer lo tuyo con tanto sentimiento , escuchando a la vez a tu padre cantar …. me quedo meditando los caminos que nos toca vivir… unos de la mano y otros sin ellas …. pero siento la sensibilidad , y algo que quizas me acerca un poquito a ti…. El flamenco de sentimientos y de penetracion en las entrañas ….

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