El año maestro

Una no sabe por dónde empezar a valorar un año que termina. Uno como este, donde tanto hemos aprendido, donde hemos vivido de todo y no hemos vivido nada. Un tiempo en el que hemos sido pacientes, hemos practicado la fe, hemos contado hasta cien; a veces hemos creado consciencia y otras tantas hemos sido unos inconscientes.

Un año a prueba. Un año a medias. Un año maestro.

En el flamenco he sentido la humildad y me ha resentido la ausencia de honestidad, he lamentado el vacío y he disfrutado del lleno. He visto como cruzaban por delante de mí las contradicciones, a mí, que soy la reina de lo bipolar, del clic en la cabeza, de la sonrisa y el llanto, de la alegría y del dolor, del todo y del nada; a mí el flamenco este año no me ha salvado. Y eso es una putada. No por poner a prueba una vez más mi fortaleza, sino, por la decepción.

Querido flamenco, merecía que estuvieras conmigo.

Desconecté, como siempre hago cuando algo me molesta o me duele. Apagué el flamenco como nunca lo había hecho y pensé en otro código, con otro criterio y con la cabeza en gris, ni en blanco ni en negro. Imagino que como las personas a las que llamamos normales.

Fui valiente, porque el flamenco me ha justificado de muchas cosas, pero me alejé y perdí esa excusa. Tuve que ser otro yo porque no tenía otra. Tampoco fue tan difícil, porque ya estaba lejos de mi arraigo, de mi origen, de mi sangre, de mi identidad. Estaba alejada de lo que la gente ve cuando me mira, de lo que las personas sienten cuando me nombran. Estaba a años luz de mi centro y tenía que tomar decisiones para regresar, sin compás, ni palmas… ni tan siquiera un yunque frío.

Un año mutante. Un año disfrazado. Un año en el que el flamenco, no, a mí tampoco me ha salvado.

Ahora que termina, los sentimientos me van dejando dormir. Me paso los días limpiándome las entrañas. Busco los lugares donde me guardaron la esencia y he dejado de tener el corazón frío. Ya es.

El flamenco volverá, porque se marchó en pleno desastre y regresará con toda su magia. Porque he convivido con una tormenta que todo lo destroza, pero también me ha limpiado el camino. Porque el flamenco, a todo aquel que pone una frontera, él le muestra el horizonte. Y a mí me gusta ser así, y ponerlo de excusa a él. Siempre me atrapó por ello: por la libertad que me ofrece y que he elegido. Libertad para sentir, para permitir, para elegir, para vivir. Y para dejar morir.

Aunque ya me siento libre, no creo que venga este año, porque este, ha sido mi año maestro.

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