El dueño del arco iris

A la eterna sonrisa

Llevo evitando esto hace tiempo, esquivando esta necesidad de escribir, siempre en silencio. Porque no soy la única que navega en este barco, ni a la que más le duele; porque no soy nadie. Pero todo fluye, son rachas, y creo que siempre me parecerá ayer.

Te busqué antes de irme a dormir, era una tradición; solo porque me dijeras que me quedara. No me equivoqué: “Panderetilla, ¿dónde vas ya?”. Me encantaba escuchar esto y hacer lo que me diera gana. Recuerdo como el verano terminó cuando me dijeron que no te volvería a ver; me acordé de esa conversación de sonrisa cansada, palabras escasas con la boca medio cerrada, el vaso de plástico en la mano, el tono de voz, el movimiento del cuello; tus primos, tus hermanos, ese comando que formabais todos. Recordé tu sudor en la cara, la mirada tímida, la mano en la espalda, así eras tu. Y ahora soy yo la que se pregunta: ¿Dónde vas ya?



Como sabes, nuestra Fefita es bruja, lo ha sido siempre y me conoce muy bien; sabía que iría antes de que llegara, sabía que lloraría antes de ver las lágrimas, ella sabía que yo me derrumbaría antes de que lo hiciese. Allí estaba esperándome, como yo la esperaba a ella, tantas veces me ha dicho que viviera la vida que en ese momento tenía demasiado sentido su famosa frase. La vida te quita lo que parece que no dolerá porque resulta imposible de imaginar que algo así ocurra, pero ocurre. Me vino a la mente aquellos momentos difíciles para ti donde solo podía decirte que te calmaras y estuvieras tranquilo, una y otra vez. Que paradoja, era justo lo que yo necesitaba mientras te despedía. Y así terminó todo.

Después de meses de ausencia permanente, creo que estás por ahí y que el destino no te bajó en un segundo a la tierra para subirte al cielo para siempre. Es injusto. No me gusta pensar en injusticias.

Cuando tengo fuerza miro al cielo, es tu luz la que me trae la sonrisa brillante de tu semblante, el sudor morado de tu varal derecho, el limón amarillo cortado en tu boca, el agua transparente con los guantes blancos puestos, las huellas oscuras por el monte, el olor verde a campo, las ganas de vivir naranjas. Un arco iris. Eso y mucho más eras tu.

Me pregunto si en el cielo hay alguna estrella que sea digna de ti. Me pregunto si te ríes allí, si vas buscando la fe. Me pregunto porqué, me pregunto lo que todas las personas se preguntan, son interrogantes de impotencia y rabia. Y sigo en silencio, como comencé a escribirte.

Nos volveremos a ver, recuerda que tenemos que hablar en miles de colores, como si estuviéramos fabricando un nuevo arco iris. Me gusta pensar que tú ya estás creando la parte más alta de ese arco iris desde el cielo, y a veces lo vemos porque nos lo quieres enseñar. Dime que sí.

Hasta siempre compañero
   “Haré un viaje al cielo
a ver a un amigo que tiene
un jardín de nubes blancas
con flores de terciopelo”
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2 comentarios sobre “El dueño del arco iris

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