No puedo tener más poca vergüenza, todo el año sin airear mi casa y ahora, a unos días antes de terminarlo venir a encender luces y abrir ventanas. Qué ventanas, ¡la puerta!. Pasen a esta casa descuidada por su dueña.
Ha sido un año de oportunidades, bueno, todos lo son, pero a veces estamos más preparados que otras para subirnos al tren. Y sobre todo, para ver el tren.
Pensaréis que estoy de letargo y nada de eso. Hablé de la crítica en la Cátedra de Flamencología de Córdoba, presenté el Festival Flamenco de Cante Grande de Puente Genil, afilé la pluma en el Cante de las Minas para Expoflamenco y despedí el verano en Jerez de la Frontera y Cádiz.
No descuido mucho mi afición por el flamenco aunque no lo cuente, no lo demuestre y sobre todo, no lo exhiba. Sigo disfrutando de mi camino y de sus piedras. Sí, yo también veo como Israel Fernández imita a Camarón hasta en las espantás, como María Terremoto quiere ser Beyoncé o como Estrella Morente sigue dando palos de ciego hasta con Lenny Kravitz.
Como cualquier mortal, chupo pantalla y veo disparates, pero no de todo se puede escribir y hacer una publicación en el blog, porque en apenas días los acontecimientos caducan, y este es uno de los motivos que siempre me frenan a publicar. Pero, algo había que poner antes de rematar el año, aunque sea una opinión poco certera, libre y pequeña. Nunca sobra pensar y revisar los aspectos que nos rodean.
Hace cuatro años escribí “la conciencia del cante”, tirándoles de las orejas a los artistas en general y a otras circunstancias, lo leo ahora y todo sigue tal cual lo describí. Hoy reflexiono sobre otro sector: la crítica flamenca.
¿Dónde están los críticos?
La crítica hoy en día es una crónica amable y simpática, y sobre todo, rentable. La crítica no existe, existe el interés, la tontuna, otras cosas, pero crítica no. Nadie escribe para situar al artista y a su obra en un contexto, porque, entre otras cosas, que alguien escriba de flamenco no significa que sea un gran aficionado, ni siquiera uno bueno y por supuesto, hacer una crítica implicaría tener una visión y un conocimiento de la música, conocimiento de otros géneros musicales, de entornos culturales, de diferentes disciplinas artísticas, etc… y eso no ocurre.
Hay divulgadores, periodistas, cronistas… como mucho, critican un momento concreto de un recital, lo que no es hacer crítica, es relatar lo que ocurre: una crónica. Utilizan más las manos para hacer palmas que para transmitir al lector. Y si algo hemos aprendido en el flamenco es que si no hay verdad, no hay transmisión. Ahí lo dejo.
¿Pueden ser los críticos amigos de los artistas?
No comulgo con la idea de que mantener una relación no profesional con los artistas sea sano. Es más, si yo fuese artista nunca sería amiga de la prensa especializada. Jamás. La prensa debe de ser una herramienta para el artista, las personas que forman parte del medio de comunicación son el puente entre el arte y el público y esto se debe de sostener con respeto y criterio. El vínculo entre crítico y artista hace que el crítico pierda credibilidad y que el compromiso con el flamenco del artista se ponga en entredicho. Para muestra, un botón: ninguna primera figura del flamenco es colega de la prensa especializada.
Lo que esté fuera de una relación profesional entre crítico y figura diluye la integridad, la honradez y la veracidad del relato.
¿Necesita el flamenco a la prensa y crítica especializada?
Sí, forma parte de lo que debería de ser el tejido empresarial inexistente: una crítica independiente, libre y solvente. Que no se vicie. Cuantas veces nos ha ocurrido, todos los principios tienen buenas intenciones pero para sobrevivir hay que atravesar peajes que no garantizan la independencia del criterio del medio de comunicación. Esto se traduce al criterio de quienes escriben. La crítica es un sector del que carecemos pero que necesitamos. Otra vez nos vuelve a faltar el compromiso y nos saltan los complejos.
Ojala el próximo año veamos este fleco perdido mas orientado a cuidar al flamenco y que no ocurra como la conciencia del cante, que tras cuatro años continúa en el mismo kilómetro.
Nos leemos pronto. Hasta el año que viene.

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