No suelo venir por aquí. Es raro. Lo echo de menos, pero sin embargo, creo que cualquier cosa que tenga que escribir aquí perdura, y eso hoy en día es algo que da miedo.
Consumimos contenido caduco, a veces porque no permanece en las redes mucho tiempo, otras veces porque nosotros mismos olvidamos. Ya no es leer, ya no es entretener. Ya no es transmitir. No es exponer.
Es consumir.
Palabras que prescriben, frases perecederas que no tienen una esperanza de vida alta.
Me leo estas primeras líneas y me percibo directa, sin filtro. Agresiva.
Estos meses reflexiono más que escribo. Pienso en lo fácil que es parecerse a los demás.
Siempre he tenido eso en mi foco, ha sido una de mis premisas, he exigido personalidad y criterio. Soy muy rebelde con esto.
He criticado mucho lo copiar una idea, pero no he rechazado que se utilice como una referencia o una inspiración. Eso forma parte de la creación y la identidad, partir desde una base creada de pequeñas cosas, de personas, de vivencias.
Pero una cosa es utilizar una idea para descubrir y otra muy distinta usarla para construir.
Actualmente en las redes vemos versiones editadas de personas, de trabajos, de hobbies, de procesos. Y cuanto más tiempo invertimos en visionar estas versiones tan elaboradas y creadas para el consumo más difícil es diferenciar lo que es inspiración con lo que es identidad real.
Sin darte cuenta te interesan estéticas, artículos, rutinas y vas construyendo una vida que parece únicamente tuya.
Párate aquí, pregúntate si tus gustos actuales nacen de ti o han germinado dentro de ti desde una semilla ajena.
Si esta esta es la vida que realmente quieres tener o es la que has aprendido a asociar con una existencia plena.
Esto es importante. Porque el algoritmo es mi amigo, pero no puede ser el director de mi orquesta. Ahí no.
No puede venir y querer convertir una casualidad en una identidad. No puede confundirme. Es muy cansino con el tema de decirme cómo debería ser mi mejor versión.
Yo sé perfectamente quien soy. Joder que si lo sé.

A veces me veo quieta en un pasillo de gente donde todos corren en diferentes direcciones. Y yo me quedo inmóvil. Tendrá que ver con que necesito no hacer nada. No ser productiva todo el tiempo. Me gusta aburrirme.
Inicio proyectos, realizo tareas, defino mis hábitos y costumbres. Sin necesidad de que otras personas hagan lo mismo que yo, ni yo hacer lo mismo que ellas. No quiero levantarme a las 6 de la mañana para beberme un té matcha o ir al gimnasio. Ni hacer una rutina de cosmética de mil pasos antes de irme a dormir. No quiero aprender idiomas, ni ser una experta en suplementos. Ni pasarme el Netflix. Nada de todo esto me interesa.
Yo soy flamenca -entre otras cosas – cada día y quizá es lo que más me representa.
Y casi nadie habla de flamenco en redes, soy consciente de que no es tendencia, ni lo será. Pero es mi esencia y mi identidad.
Y soy feliz con mi flamenco y sin nadie que me diga lo que está mejor o peor, lo que debería de querer o desear.
Me gusta aburrirme, no consumir vidas ajenas. Quiero escucharme, definir qué voy a hacer esta tarde y no ver un vídeo donde alguien me dice lo que es un buen plan. Porque ese no es mi plan, es el suyo.
Yo vivo, no reproduzco otras vidas. Ni copio expresiones ni estéticas. Ni ideas de éxito, ni visiones sobre la sociedad ni dicursos políticos aceptados.
No soy perfecta, no quiero serlo, por eso tampoco quiero una vida que veo en todos los sitios y que quieren que crea que tengo derecho a vivirla en primera persona. Cómo si yo no tuviera criterio. Cómo si mis padres no hubieran invertido sus recursos para que eso no ocurra. Cómo si no me hubiera preocupado lo suficiente en desarrollar mi personalidad, mis principios, mis ideas, mis inquietudes.
Cómo si yo quisiera despojarme de lo que siento y de quien soy, de mi experiencia y de mi conciencia, de todo lo que he construido para ser quien yo y convertirme en unos ojos ajenos que miran al mundo y no les hierve la sangre.
Me hierve. Y ahí está mi materia prima para crear. En lo que me arde dentro.
Confío en mí, en lo que sostengo entre mis manos, con lo que lucho en mi mente. Confío en lo que me rodea.
Personas, ideas, entornos que elijo cada día.
Internet informa y desinforma. Es un mundo virtual que desvirtúa.
Has llegado hasta aquí, gracias. Y perdona, porque te he robado unos minutos enfrente de una pantalla. Esa pantalla que a veces hace que nos olvidemos de nuestras opciones, que nos hace no pensar en nuestras posibilidades.
Por favor, piensa en las tuyas. Cómo podrías ser, qué podrías lograr. Deja de ver esos millones de ejemplos que nos muestran a diario.
Sé tu, ese es tu valor. Tu arma y tu escudo.
Eso va a determinar tu vida.
Consume menos, construye mas.
Nos leemos pronto.
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