Flamencos en la frontera

No hay mayor orgullo que ser de pueblo, y esto mucha gente no lo entiende. Siempre digo que mi pueblo es feo, pero solo puede decirlo un autóctono, porque si lo dice un forastero me enfado. Muchos bromean diciendo que Puerto Lumbreras es el pueblo de las dos mentiras, circunstancia que me encabrita, ya que no es cierta. Tiene puerto de montaña y las lumbreras están debajo de la Rambla de Nogalte, que son los sistemas subterráneos con los que se canalizaba y filtraba el agua. Cada vez que alguien me dice que conoce mi pueblo me alegra infinitamente, y la verdad, que es difícil no conocerlo ya que está en la frontera de Murcia con Andalucía. O es el primer pueblo de Murcia, o el último, según se mire; y este juego me encanta.

Ha sido lugar de paso perpetuo debido a que por el centro del casco urbano transitan las carreteras nacionales que van hacia Granada o Almería. En Puerto Lumbreras hay que tomar decisiones constantemente, ahora con la autovía pasa igual, es en mi pueblo donde confluye la encrucijada: Murcia, Almería o Granada. Estamos siempre en medio, por eso nos consideran personas hospitalarias y atentas; acostumbradas a tratar con extranjeros que van de paso; habitamos un poco en tierra de nadie, por tanto, mezclamos las culturas andaluzas y murcianas sin darnos cuenta como algo natural y espontáneo. En la mayoría de las casas conviven los refajos de huertana con los trajes de gitana, el gazpacho con la ensalada murciana y pasamos las migas con un rebujito en la feria. Así somos, como el mismo flamenco, una mezcolanza de culturas que concurre con total normalidad.

En los lares lumbrerenses el flamenco ha sido algo perenne que se acepta como parte de nuestras costumbres, la tradición flamenca se ha forjado en muchas familias por diferentes razones, pero sobre todo por la causa geográfica. Mi tierra fue testigo mudo del rastro de la Ópera Flamenca, un tiempo donde numerosos artistas hacían parada de pernocta allí o actuaban en el desaparecido Cine Olivares, como Antonio Machín, Curro de Utrera o Ramón Montoya. Un claro ejemplo es el de Pepe Marchena, artista meticuloso que se negaba a hospedarse en la Posada de Fermín por su falta de higiene y prefería la casa de El Cora donde lo trataban como a un príncipe y hasta le lavaban los pies en una zafa; se reunía en la barbería de El Flores y pasaban la tarde cantando hasta que el maestro se retiraba a descansar para continuar su viaje a la mañana siguiente. Me consta que aún conservan la cama de hierro donde dormía, esto me dice, que parte de la afición que hay en mi pueblo al flamenco se da por estas escenas de arte que fluían entre sus habitantes en aquel tiempo.

En los años cincuenta la jerezana Lola Flores solía pasar unos días en la conocida Casa del Cura, donde residía Don Alberto Marzal, que era embajador de aristócratas y artistas que transitaban por Puerto Lumbreras de forma eventual. Además, se rumorea que Marifé de Triana vivió allí con sus padres durante un corto período de tiempo cuando era muy pequeña, pero esta información no he logrado contrastarla, aquí lo dejo por si alguien me puede dar más pistas al respecto.

El torbellino catalán de Carmen Amaya también hizo parada en Puerto Lumbreras, tan conocida era, que tan solo se detuvo para repostar su auto y por una casualidad, había alguien con una cámara de fotos para inmortalizar el momento.

Termino este breve recorrido con el Maestro de los Alcores, que hizo un alto en el camino hacia La Unión para tomar un café en el bar Los Rosales. El destino hizo que mi padre estuviera allí y lo reconociera, fue a mi casa corriendo a coger a mi hermana mayor que tenía dos añitos para que Antonio Mairena la tomara en brazos y siguió su camino. Fue en febrero del año 74, víspera de una actuación en fuera del concurso, donde le acompañó a la guitarra un joven Paco el de la Lucía.

Podría continuar hasta la actualidad, pero no es mi intención extenderme. Todos los que vivimos fuera de nuestra tierra experimentamos una particular alegría al regresar, mi sensación cuando salgo de la autovía y paso por el antiguo Parador Nacional lumbrerense es de sosiego, ya estoy en casa, miro otros coches con atención y reconozco las caras de los conductores, saco la mano por la ventana y el aire es distinto; me asoma media sonrisa hasta aparcar en la puerta de casa. Me gusta imaginar cómo era mi pueblo en los años dorados del flamenco, cuando pasaban las compañías por allí, el bullicio de las calles, las tiendas antiguas, los mercados de ganado o las fiestas patronales. Me hubiese encantado ver todo eso que no he conocido, el Puerto Lumbreras pequeño que pertenecía a Lorca y que un día logró independizarse a base de mucho esfuerzo y con grandes dosis de personalidad. Sin ningún tipo de complejo hemos superado ya los quince mil habitantes y tenemos toda clase de servicios, la autovía nos quitó el tráfico, pero seguimos en el mapa de muchos forasteros y eso es lo que importa; figurar en los atlas de las personas, en las mentes, en los corazones y en el sentimiento.

Tan solo quería manifestar que mi pueblo, como cualquier otro, es especial y particular. Porque lo que hace bello a un municipio son sus tradiciones, sus costumbres, sus culturas y, sobre todo, sus gentes. Otra cosa no, pero en Puerto Lumbreras existe gente acogedora, sencilla, buena y flamenca. Estos son los ingredientes que alimentan mi soberbia lumbrerense, ese orgullo de ser una flamenca en la frontera.

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Lola Flores en la Casa del Cura de Puerto Lumbreras – Fotografía: Archivo General de la Región de Murcia –

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