La Unión minera y flamenca: mis días, mis noches y mi rueda

 

Me desperté y era Agosto. Por fin. El calor era insoportable y cerraba la puerta del trabajo por última vez en el mes. Inquieta llegaba a casa y preparaba maletas, sin saber muy bien que me esperaría en mi nueva aventura. Así que ropa de colores, de todos los cortes, de todos los estilos, para todos los gustos. Zapatos, aseo, libros, música, mucha música y una foto de mi padre. Gracias a él yo iba rumbo a La Unión, a empaparme de flamenco y a aprender. Mi padre es algo sagrado y debía estar acompañándome los próximos diez días en una habitación de hotel que iba a convertir en mi lugar de trabajo y descanso merecido.

Me ofrecían cubrir como medio de comunicación el festival mas importante de flamenco que existe, el mejor, el mío. Ahora es mío, y forma parte de mi hasta en el andar. El Cante de las Minas, la Catedral del Cante, se me entrecortaba la respiración solo de pensarlo. Seria capaz, claro que si, los ánimos y los alientos me llegaban de cualquier parte del mundo día tras día. Fuí sola, como me gusta estar ahora. Como me siento aunque no lo esté. Pero esta ocasión era mía y de nadie mas, y como egoísta que es el ser humano yo no iba a ser menos. Lo quería todo.

Así que, aunque en mis días allí siempre me mimaron, por todos los sitios y lugares que pasaba, al final siempre me plantaba sola en la habitación donde debía de dormir todas las sensaciones y emociones vividas durante todo el día y toda la noche.

Antonio Meroño, fotógrafo profesional y mi compañero de curro me explicaba con todo detalle que iba a ocurrir y cuando, siempre atento a mi me observaba y sonreía porque estaba disfrutando como una niña. Y respiraba tranquilo cuando estaba a su lado. Pedro Valeros, era otro libro abierto, siempre dispuesto a ayudar. Hizo todo lo que pudo hacer por mi, ni más ni menos, disponible para cualquier duda, pregunta o deseo. Ambos genios con una réflex.

Me resultaba curioso comer al lado de Jose Manuel Gamboa, sabio y leyenda del mundo del flamenco y su compañero de fiestas Juan Verdú, otro colegial que gracias a ellos dos Camarón de la Isla dió su último concierto en Madrid, en el Colegio San Juan Evangelista. Entre idas y venidas pude saludar a Jose Mari Manzanares, Bigas Luna, Juan Ramón Lucas, Jose Andrés, Antonio Parra, Pepe Cros, Miguel Poveda, y otras personas admirables en cualquiera que sea su disciplina ajenos al cartel de las galas flamencas de la noche. Empapada como una esponja llegaba todas las noches y caía rendida a la cama.

Salía entusiasmada de cada gala nocturna, con una sonrisa de sandía, me acordaba de todos mis amigos flamencos y pensaba “va por vosotros”. Lo he disfrutado y aprovechado todo lo que he podido, por mi y por ellos.

El primer día rugía la Catedral con La Pepa de Sara Baras, inexplicable la magia de esta mujer. Cercana y natural, me cogía de la mano empeñada en hacernos una foto para el recuerdo. Llegaba Jerez y José Mercé presentando su disco “Nuevo Amanecer” con cachondeo y jaleos, estaba en su salsa el tío José y era inevitable arrancarte por palmas en la zona reservada a la prensa. Yo era crítica después de flamenca, no lo pude evitar ni un solo día.
Los homenajes a las sagas flamencas llegaban el sábado con Carlos Piñana y Juan Valderrama, recordaban a sus antepasados con respeto y dignidad. Y el Domingo volvía el arte, Dorantes me hacía llorar, y Rocío Márquez y Miguel de Tena nos dejaban una infinidad de matices y de duende en sus actuaciones. Duende, que no se fué, porque al día siguiente Marina Heredia me emocionaba con su cante gitano y grande y Arcángel nos endulzaba la madrugada, no se podía pedir más.
Y no lo hacía, pero me llegaban agradecimientos de parte de todos los artistas y palabras bonitas para seguir, “eres valiente, niña” me decían algunos, “muchas gracias por la crónica” otros. Y un sin fin de historias que me desbordaban antes, y ahora también. Y lo harán mientras respire.

Tras las galas flamencas, seguíamos disfrutando de ratitos de arte dulces en el Café Cantante, mi casa nocturna con mi mejor compañía. Allí me sentaba para refrescarme, tomar aire y compartir opiniones de los sonidos que se habían quedado dentro de la Catedral del Cante. Llegaban los flamencos de todos los sitios, Soraya ha sido la compañía femenina del lugar y la amiga con la que hablaba de todo. Era mi luna.
El cielo y la estrella eran Iván y Javier, el primero nos regalaba risas y el segundo traía la luz de Barcelona, de arte flamenquito y rumba catalana de la buena entre otras muchas cosas. Aunque era de noche, tenía un sol, que a veces eclipsaba todo lo demás, y cegaba tanto que solo había ojos para él. David traía arte hasta en los bolsillos, inagotable como el sol. A veces tan cerca que abrasaba y otras tan lejos que no podía encontrar ni un rayo de su calor. Un círculo perfecto que encajó con la rueda de mi carro.
Mis compañeros nocturnos conformaban así un infinito firmamento de los que no se olvidan y no se encuentran de nuevo. Como yo digo: calidad ibérica. Alguno se ha ganado y merecido una reseña particular y personal, la haré, cuando todo esté dormido y asumido.

No todo terminaba en las galas flamencas de noche y en la reuniones del Café. Tuve que bajar a 80 metros bajo tierra a una mina y escuchar el quejío de Kiko Peña, con 15 años, que cerrabas los ojos y parecía que estabas entre Chocolate y Agujetas. También estuvo Tomatito Hijo acompañado por su familia, incluido su padre, imaginaros que momento tan mágico.

A veces paseaba por la Avenida del Flamenco y buscaba a Rafita que todo lo sabía y de todo se enteraba, y compartíamos música y afición. Los organismos oficiales me atendían con mimo y educación, tanto protocolo como el gabinete de prensa siempre tuvieron palabras, soluciones y facilidades para mí. Agradecida eternamente.

Y después de tanta magia, llegaban las semifinales. Personas anónimas con ganas y con fuerza para merecerse un puesto en la final y un reconocimiento. Y así fue, cerré mi libreta el sábado por la noche, después de diez días imposibles de olvidar con la final de todas las finales y con los ganadores de la Lámpara Minera, el Desplante y el Filón.

Me despedía así de aquella tierra que siento como parte de mí y en la que he dejado un radio de mi rueda para el año que viene volver a recogerlo. Quién sabe si iré como aficionada, como enamorada del arte, como crítica en flamenco… marco en el calendario el mes de Agosto del próximo año, he dejado muchas cosas allí que se deben conservar toda una vida.

No hace falta decir que me fuí siendo una niña de fuego, y he vuelto mas flamencólica que nunca. Y quién me conoce, lo sabe y hasta se alegra.

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