Yo misma
La rueda de mi carro andaba por donde caminaban sus pasos, por donde él respiraba, por donde besaban sus labios. La rueda tiene su color, es un atardecer encendido en fuego que luce unos minutos pero no es eterno.
Era él y era yo, y no había nadie que separara su mano de la mía, mi espalda de su pecho; era el desierto sin oasis ni palmera, sin decorados, ni tampoco era infinito.
Pero mi rueda se paró, se quedó a mitad de un camino esperando un aliento cerca para continuar que no ha llegado y quien sabe si llegara o tendremos que colgarle el cartel como una vendida…
Vuelven días inmóviles de barro, de piedra. Vuelven momentos imposibles, parados esperando el color del atardecer y la sonrisa de tu arco iris.
Volverán o tal vez no… ahora mismo no importa. Se debe descansar en el largo recorrido de la vida, en la búsqueda lejana de tu luz, de tu forma, de tu esencia. Que también es la mía, en algún punto del camino donde varaste mi rueda. Nada es eterno, nada es infinito, pero sé que tendrás que cruzar por aquí para continuar… igual que yo.
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